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Roberto Rodríguez Redondo «Empty spaces/Many faces»

Fechas de la exposición: 14 de febrero de 2025 – 15 de abril de 2025
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SC GALLERY presenta “Empty spaces/Many faces”, la primera exposición individual del artista ROBERTO RODRÍGUEZ REDONDO (Avilés, Asturias, 1981) en la galería.

16 de Febrero – 30 de Abril 2024.

La muestra está compuesta por un conjunto de obras escultóricas realizadas en madera y una pintura sobre papel, que ofrecen una visión amplia del trabajo más reciente del artista.

 

«Imaginemos, como más o menos lo hizo Nietzsche en «El nacimiento de la tragedia», un viento huracanado que recoge todas las cosas. Absolutamente todas las cosas: las ya muertas, las inertes, las rotas, las podridas, las atrofiadas, las deformadas, las impolutas, las más sublimes, las más abyectas, las soñadas, las deseadas, las sospechadas, las espectrales… y las envuelve formando un remolino que acaba convirtiéndose en una nube de polvo ardiente que flota en el aire. Y de pronto, de este pesado e inamovible nubarrón, que es sustrato, fundamento y columna vertebral de toda una cultura, se desprende una llamarada de libertad creadora -y por tanto, artística- que organiza cada vorágine personal de forma diferente.

Kiko Miyares (Llanes. Asturias, 1977) es una persona, como todas, que carga con su propio caos, pero también es un sujeto (S), como algunxs, tocado por ese fuego creador que le hace sospechar de todas las ficciones que le fueron configurando desde que le nacieron. Así́ que permanecer sujeto ($) a todos esos fantasmas no sería el plan. Lo que sí que puede hacerse desde el arte es utilizar todo este material farragoso como punto de partida para la fundación de otra posible realidad. Otra posible realidad también ficcionada, por supuesto, pero desde una subjetividad crítica que pone en tela de juicio el plan diseñado de antemano para todo cristo común y corriente. El modus operandi sería una especie de arrebato creativo que surge con la vocación de hacer tambalear cimientos, explotar cabezas y arder corazones, de tal forma que puede servir también como llamamiento a la acción violenta/huracanada destinada a acabar de una vez por todas con los siniestros alarifes de esta absurdidad civilizatoria.

Aquí́ no encontraremos alegorías que nos taladren las sienes de forma persistente y lacerante sobre el fin de la historia, el fin de las ideologías, el fin de los grandes maestros, el fin del hombre en sí o el fin de todo lo habido y por haber. NO. Estas ideas se han vuelto burguesas y decadentes, se han convertido en producto de consumo y obsesión de la crema de la intelectualidad más anticuada y casposa. Volver a lo mismo sería estúpido. Tampoco se busca una narrativa identitaria que ayude a subsanar las pifias cometidas en el contexto de historias lejanas, individuales y sumamente íntimas. No hay intención de reconstrucción histórica ni de reparación personal. No serviría de nada. Si acaso se alegorizara algo sería la parte más bufonesca del fantasma, esa que aparece para mofarse de ti en tu propia cara y te recuerda lo absurdo que resulta todo y lo culpable que eres por contribuir a la causa. Pero ni siquiera eso, porque aquí́ se sospecha incluso de lo que cualquier espectro del pasado pudo haber aportado.

Lo que sí nos vamos a encontrar son signos de advertencia. Signos de advertencia directos y punzantes, algunos brutales hasta el alarido. La calavera, por ejemplo, tan presente en la obra de Kiko, no señala el fin de nada ni la lánguida decrepitud del ser, sino que se presenta como un espejo burlón del indecente ridículo que hacemos por el camino. La calaca para este artista, que se toma la vida como si fuera una sucesión de tragos de cazalla, funciona más como un oráculo que vomita sin escrúpulo alguno trozos de realidad ordinaria que como símbolo de la futilidad de la vida. Por otra parte, esas piezas alargadas hasta el extremo, que pudieran representar lanzas humanas, son otro aviso que nos insta a mantenernos en un estado de eterna alerta. Son esculturas, muchas veces panópticas, que se muestran atentas y vigilantes ante la paranoica deriva del mundo que nos acecha. No tienen intención, a pesar de su forma afilada y fría, de representar una actitud a la defensiva contra un estado de control total. A lo sumo pueden anticiparnos mecánicas de roles a seguir en caso de que nuestra integridad se vea en peligro. Pero, como todo signo de advertencia, el caso sólo puede entenderse a través de la interpretación individual que viene determinada por un cúmulo de experiencias que pesan de forma diferente sobre el lomo de cada uno de nosotros.

Lo que está claro -y aquí́ sí que voy a tirar de metáfora y símbolo- es que cada una de nuestras vidas es un huracán con todo el despliegue de bandas nubosas alrededor de su centro. Lo patético es que despilfarramos el tiempo obsesionado con diagnosticar las causas verdaderas que palpitan detrás del desastre. Hasta que, de pronto, un cocodrilo francés acaba engulléndote despiadadamente.»

Juan Llano Borbolla. Llanes 2025

Roberto Rodríguez Redondo – «Empty spaces/Many faces» – Solo Show

Cuando en los años 70, en California, John Baldessari quema toda su obra producida hasta la fecha al grito de “No volveré a hacer arte aburrido”, un surfista llamado Frank Nasworthy desarrolló una rueda de poliuretano para tablas de skate que mejoró el agarre y que dará origen al skate moderno y sin saberlo, a toda una “subcultura” imparable que se ha imbricado en el tejido social, artístico y económico.

Cuando Roberto Rodríguez Redondo centra su atención en el mundo de la cultura del monopatín y el surf como soporte para sus primeros trabajos, confronta la experiencia vital de un movimiento que se oponía a una realidad dominante y el anhelo de su vocación como artista en el desarrollo de trabajos vinculados con la pintura contemporánea, la gráfica y el arte urbano.

A partir de su formación académica, Roberto convierte el espíritu del Do It Yourself en un viaje de búsqueda de una identidad propia como artista. Conformando todo un abecedario personal que bascula entre lo artesanal y la cultura de masas.

En EMPTY SPACES / MANY FACES, primera individual en SC Gallery, el artista se centra en lo pictórico abandonando el marco tradicional del bastidor para acercarse a una tridimensionalidad escultórica. Si hablamos de un concepto como el superflat de Murakami, Roberto está en las antípodas de esta idea, no estamos ante trabajos “superplanos” sino que a través de unas piezas volumétricas estratificadas supera la noción de planitud para convertirlas en un híbrido entre pintura y escultura.

Si en sus trabajos anteriores se movían en mundo gráfico muy marcado por el dibujo de inspiración naturalista, esta exposición, discurre a través de toda una iconografía figurativa que busca sus raíces en una cultura ancestral y antropológica. Las piezas, en las que utiliza madera y pintura industrial, son el resultado de una construcción muy procesual, donde se lamina la imagen consiguiendo bajo-relieves de distinto espesor que se caracterizan por acabados brillantes y que permiten con naturalidad conformar la imagen total.

Afirmaba Aaron Rose, artífice de Beautiful Losers, que «todos los artistas son souvenirs en los museos», pero en esa critica también ponía en valor la capacidad del arte para asimilar a la cultura popular como un eje constante de atracción, integrando toda una iconografía de la baja cultura a la sociedad contemporánea.

Esta idea que fetichiza los objetos se refuerza en las piezas de Roberto con una construcción física de diseño previo que se materializa en una fase más íntima del estudio, donde lo artesanal y manual se convierte en algo definitorio del trabajo. La topografía de los paneles, los vacíos entre las partes, el tratamiento del color, hace que su atractivo aspecto discurra en el cubo blanco de forma natural y liviana. Y a la vez, nos encontramos ante unos objetos que nos remiten a ese mundo desconocido, donde no manda el logos, un lugar que no está sujeto a la velocidad de la información y donde lo inédito se abre paso.

Por ello, las piezas podríamos observarlas casi como la representación distópica de dioses de una cultura ancestral, una estética de las emociones para crear objetos de deseo y adoración, piezas que te remiten a una naturaleza perdida de un tribalismo contemporáneo donde los objetos se convierten en iconos de civilizaciones olvidadas.

El autor reconoce con este trabajo que las obras de arte pueden ocupar múltiples dominios: lo estético y lo trascendente, lo mercantilizado y lo invaluable, y destaca que incluso dentro de un contexto cultural moldeado por la imagen, el consumo y las inteligencias artificiales, las emociones básicas como el amor, la amistad, la soledad y la alienación, permanecen constantes en la mirada del artista.

 

F.M.M

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